La semana de María, definitivamente, no había sido la mejor. Mauricio la había evitado todo ese tiempo, desde el miércoles: lo llamaba y era afortunada si le respondía y le dedicaba cinco palabras: ‘Hola, Mery. Después te llamo.’ Estaba confundida y perdida, con justa razón. ¿A dónde había quedado el Mauricio que un día antes de que todo comenzara, le juraba amor, cuidado, protección, le demostraba interés? Se había vuelto dependiente, y no iba a permitir que esa incertidumbre de no saber las cosas, la carcoma sin sentido. Iba a buscar una respuesta. En realidad, a encontrar una solución.
En la tarde de ese sábado, un día nublado y frío, con algunas nubes negras que amenazaban con la oscuridad pronta y el agua fuerte, María bajó de un taxi frente al edificio en el que vivía Mauricio. Sonreía de la felicidad parada sobre la vereda, mirando a la puerta de entrada mientras el viento remolineaba su pelo: estaba decidida a pasar el día con él, recuperar el poco tiempo que perdieron y que la noche traiga con ella lo que quisiera. Exhaló y había dado apenas dos pasos cuando Mauricio salió por aquella puerta, revisando sus bolsillos, sacando finalmente las llaves de su auto. Cuando levantó la vista, no esperaba verla parada allí, con una sonrisa, y María tampoco esperaba esa cara de espanto al verla.
