María llegó a un bar, y se acomodó en una mesa situada junto a la pared, e intentó esperar lo más relajada que pudo. El mozo se acercó a ella para dejar la carta, la que ella recibió con una ligera sonrisa y comenzó a leer una y otra vez, mientras pasaba el tiempo ¡Tiempo! A medida que pasaba, más nerviosa se ponía, y su mirada iba hacia una sola dirección: la puerta de entrada.
Pasó un cortado, un vaso de agua, sus uñas chocando con la mesa, inquietando a alguna que otra persona que se encontraba en las mesas de alrededor. Un cortado más, y la decepción comenzaba a aflorar, haciéndose más desesperante, aumentando con el correr de los minutos.
Con el despecho y una promesa de un profundo resentimiento y el no olvido, María abandonó la mesa. Se retiraba como no esperaba, con los ojos un poco empañados, bastante tal vez, al borde de la lágrima; y con algo de enojo por irse así. En realidad, por haber ido; por haberse hecho presente.
Al acercarse a la salida, un abrupto choque la detuvo e hizo que su cartera cayera al suelo.
María- ¿¡Qué hacés, imbécil!?
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