En la noche, faltando veinte minutos para las 23 horas, Pablo regresó de la empresa. Al cruzar la puerta, colgó su saco dentro del armario que se escondía tras una puerta. Caminó unos pasos, iluminado por la luz tenue que reinaba en la sala, dejó caer el maletín junto a su cuerpo sobre el sofá, mientras aflojaba el nudo de su corbata. Comenzó a relajarse, intentando bajar la tensión de su cuello y espalda. Realizó movimientos circundantes con la cabeza, y luego hacia un lado y hacia otro. Finalmente, su cabeza se dejó caer hacia atrás, cerrando los ojos por unos momentos…
Pablo abrió los ojos, estaba sentado en el mismo sofá ubicado en la misma sala, como era de esperarse, pero había algo raro en aquella escena. Miró primero hacia la puerta, y luego desvió la mirada acompañado de un giro de cabeza, hacia la chimenea. Parado frente a la misma, había una silueta, borrosa, pero que parecía ser un hombre, quien posaba toda su atención en algo. Pablo se puso de pie, y a paso lento, comenzó a acercarse, pero en un determinado momento, no pudo seguir avanzando, algo se lo impedía, pero estaba decidido a hablarle. Iba a hacerlo, cuando se vio interrumpido por su voz
- Es hermosa – dijo mientras acariciaba el portarretratos- que suerte la mía, de haberla hallado – sonaba hasta poético
Pablo solo lo miraba, pero no era capaz de emitir palabra alguna
- Yo fui muy afortunada también – una voz en la puerta principal, hizo que ambos voltearan a ver, pero al igual que a aquel hombre, Pablo no pudo verle la cara nítidamente.
Como si fuera en cámara lenta, como si todo fuera un montaje para una película fantástica, ambas siluetas comenzaban a acercarse, pero sus piernas no se movían. Solo flotaban, atraídos el uno por el otro. Al momento de unir sus manos, las luces se apagaron, y todo se volvió oscuro.



