El sábado al mediodía, Victorio contaba con el resto del día libre por lo que invitó a María a que salieran a comer afuera, pasar la tarde al aire libre; tanto ambiente de empresa le consumía las energías.
Entraron a un restauran en el barrio de Palermo.
Victorio- La próxima nos vamos a una parrilla, te aviso.
María- (sentándose, con cara de asco) ¡Ay, no, por favor!
Victorio- ¿Por qué? (sentándose) No pongas esa cara como si fueras a vomitar, es comida.
María- (haciendo puchero) Sí, ya sé… pero bueno, si vamos, yo me llevo a una ensalada (Victorio frunciendo el ceño, sonriendo) ¿Qué? Yo no voy a comer esas cosas grasosas, gordo… Aparte, no sabés si se lavan las manos, si limpian la parrilla, si esa carne no cortó la cadena de frío, no sabés nada.
Victorio- ¿Cuándo te volviste tan quisquillosa?
María- No, no soy quisquillosa, yo como cualquier cosa… Menos eso, claro.
Victorio- Mery, te vas a morir de hambre vos… a menos que te armes tu propia huerta.
María- ¡Ay, por qué me decís eso!
Victorio- Porque acá tampoco sabemos si hacen todo lo que dijiste.
María- Ay, pero esto es Palermo, Vico.
Victorio- No tiene nada que ver, pero bueno, te llevo a comer un choripan por acá, qué tanto…
María- (lanzó una risita al aire) Irás solo.
Victorio- Como quieras, pero, pará… Vamos ahora.
María- (asombrada) ¿Qué? Na, estás loco.
Victorio- (entusiasmado) Dale, Mery, (poniéndose de pie, estirando su mano) ¡vamos!
María- Vico, sentate, ya estamos acá.
Victorio- Ay, Mery, queda acá nomás lo que yo te digo.
María- No, Vico.
Victorio- Bueno, te quedarás sola (sonrió). Que coma rico, mi lady (retirándose con las manos en los bolsillos del pantalón)
María- (seria, sin inmutarse) Victorio… ¡Vico! (golpeando la servilleta sobre la mesa, levantándose, entre dientes) ¡Ay, no lo puedo creer! (aceleró sus pasos para acercarse a él y enlazar su brazo con el suyo; él la miró sonriente) ¡Vico, esperame! (saliendo del restaurante, golpeó a Victorio con la carterita (léase: sobre) que llevaba en mano) ¿Cómo me vas a dejar sola?
Victorio- (fingiendo inocencia) No querías venir, no te puedo obligar.
María- Ay, claro, pobrecito.
Victorio mostró una gran sonrisa y, mientras caminaban por la vereda, rodeó a María con sus brazos por encima de los de ella, como si la sujetara para que no se escape; ella forcejeaba para soltarse riéndose y gritando; él besaba su cuello y su mejilla como podía ante sus movimientos, y cada tanto la hacía girar levantándola por la cintura.